El Código. Wendy, otra que arrastró el arroyo

Manuel Fernando López

Alguien debe decirle o aconsejarle – si no hace caso, AMLO, el orate iluminado de toda la caterva, que llegaron al “odiado gobierno”—a la diputada federal de Morena, María Wendy Briceño Zuloaga, que es una mortal como cualquiera y, que el poder que hoy ostenta, le fue dado para servir a los ciudadanos, a los sonorenses y, no servirse de éstos.
El cargo que sin estar en sus considerandos –como a tantos “morenos”—la ha enfermado y, aquel viejo pecado llamado la soberbia, que penetró en el alma de Lucifer, quien al grito de “¡ Non serviam!”, se rebeló contra el Señor y, ésta pobre legisladora –¿!? – ha caído en el mismo; sin darse cuenta que en breve volverá al sitio de donde partió y, su memoria como la de tantos fatuos, será borrada de los anales; la soberbia de Satanás estuvo basada en la inteligencia, no en banalidad como la de esta señora.
Como desgraciadamente siempre ocurre en la mayoría de estos personajes –hay excepciones obviamente—se creen “hechos a mano” y, hablan ex cátedra y, en esta borrachera de poder la toman contra los periodistas que se atreven a criticarlos en sus funciones: deben buscar culpables para sus mediocridades y, quienes mejor que los obreros de la pluma.
Encima de quienes elegimos este oficio –ojo: diputada, llevo en ésto más de treinta años y, he visto pasar por las curules federales y estatales a muchos especímenes como usted—gravita siempre la temida demanda de dictadores disfrazados de demócratas; abundan los pretextos: desde que atentamos contra su condición de mujer y, demás motivos interminables de citar.
La alcaldía de Hermosillo, ni en sus mejores sueños –pesadillas para los ciudadanos—jamás la obtendrá, aún cuando recorran sus calles asalariados –si ese que les paga—pretendiendo permear a su favor – de Wendy—la intención del voto.
¡Alea jacta est!.

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